Ignacio Carballo Lujan (1965)

XIV

Jugo de luna
sorbe la noche blanca.
La sed me bebe.

 

XVI

Cierro la puerta
de tu blanco silencio.
Grita el aire.

 

XX

Lanza tu verbo
delirante pájaro.
Vuela caricia.

 

XXI

Hablan tus ojos:
Ríos negros de fuego
navegándome.

 

XIV (del libro inédito HORROR VACUI)

No miro no como no sorbo
no trago camino paseo.
Afirmo denigro siembro
presagio pregunto.
Repito recito soporto
el sueño de las noches.
Nombres que abres no cierras
no hables no escribas
otro lío
otro horror vacui.
Otro hedor otro camino
otro cavilo
otro abecedario
otro palimpsesto.
Otro palíndromo.
Oro por velódromo.
Oro por rezo.
Oro por sangre.
Oro por aliviar/me por acariciar/me.
Amar/me. Aterrar/me.
Fabricar/me. Atacar/me.
Aliviar/me o atarantar/me
o acusar/me o mía la lupa o mea la culpa
o mía gallega o seguro que la gansa camina
fermenta alimenta al nigromante
disparándole dispara/te.
Dispersándose
disgregándose
discernimiento.
Decir miente. Decir fuerte.
Decir calma. Decir alma.

 

*

IGNACIO CARBALLO LUJÁN
Serpiente de madera que nació en San José el 12 de octubre de 1965. Realizó estudios en la Escuela de Arte Escénica de la UNA. 1985-1988 Publicó en el periódico CONTRAPUNTO, varios de sus poemas, en la sección literaria, dirigida por el escritor Alfonso Chase. 1988. El borrador de su primer libro “ESPASMOS” desapareció misteriosamente en la soda La Perla, en el año 1990. Poemas suyos se han publicado en diversos periódicos, revistas y blogs literarios. Miembro fundador del taller literario LUNA ROJA. Gestor cultural, curador de arte y representante del maestro de la pintura, Fernando Carballo. Publica OSCUROS LABIOS, ediciones Guayaba, 2014. Publica SOL DE DICIEMBRE, ediciones Guayaba, 2015. Tiene una novela inédita, CABALLITO. Director de Pueblarte Art Gallery.

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Rodrigo Zúñiga (1982)

cuando las voces cuentan verdades en lugar de ovejas

escucha llegar la madrugada
como se escucha esa llave del baño descompuesta
que no deja de llorar
La madrugada entra
lo mismo que la mirada por el ojo de la cerradura
Lo ve como una causa perdida,
una alimaña acorralada, a contrapelo del sueño,
a merced de sus garras
Lo sorprende adolorido
esperándola/soñando huir de ella
El llanto lo despierta sin percatarse
El barro del amanecer no lo deja respirar

Se imagina la estática del televisor
aún suspendida en el cuarto,
las voces de fondo
de una multitud en silencio,
el vestigio de unos perros que ladran,
apagándose
conforme se apaga también la oscuridad
Ahí
en esa trinchera, cansado,
bulímico de sueño,
ahora que tarde o temprano es de día

(El deseo es una gotera en la cabeza,
que no se repara y lo inunda todo
El remordimiento es un coyote,
una ciudad que no duerme
El amanecer, un timbre
que no puede retractarse de sonar)

***
Pensalo bien, así es la vida:
No importa cuánto apretés los ojos para dormirte
y te escondás bajo las sábanas,
las manos de la realidad
igual te jalarán los pies
al llegar la madrugada

 

siente herrumbre y sospechas en sus ojos

y de pronto, hay una mujer despeinándose
en las pozas sobre su cama
Alguna / otra que ni siquiera
le conoce y –como a sí mismo–
mucho menos le interesa

Hay una mujer desenraizada
que le enseña a llevar el pecho
en una maleta vacía,
a quitarse la ropa como la conciencia
Extasiado sigue comiendo,
hasta que apuñale por hoy el hambre
y se arrepienta
Ahora sólo le importa el sabor,
no una digestión mental
ni masturbar el corazón tampoco

Hidrata su sexo
como si no fuera a empezar de nuevo,
como si no perdiera
la cuenta del deseo por sétima vez,
y se encienda otra lluvia para fumar,
para llenar el cenicero con un abismo
Pero de vez en cuando
empuña contra sí la pregunta
“quién es ese otro
que me lleva a hacer cosas que no quiero”
y entonces irrumpe el vidrio temperado
que es el silencio,
y el miedo torpe de cortarse con él

Pero no, no está fingiendo

Así es como en su cabeza
no hacen fuego los matorrales
cuando arde su cuerpo
Así es como un día abrió los ojos
soñando que se había ido,
y quedó desnudo
buscándose a ciegas

 

interlude

suele pasar
que venís de arrojar un cuerpo al abismo
y te cruzás
con aquel que lleva el tuyo también
Suele pasar
El pez que forcejea con su vida fuera del agua

 

el sujeto (ii)

Entonces, viejo amigo,
lo que querés decir es que
no subo al mismo río
cada día en la mañana,
y tampoco son estas las mismas manos
que me lavo de dudas en el lavatorio,
si es así, pueden irse al diablo
todas mis culpas,
pues ya no son mías

Me estás diciendo que este libro
no lo sostiene la misma persona cada vez,
que este poema lo lee alguien
muy distinto al de anoche,
que lo escribe y reescribe otro individuo
al que ya no conozco,
que tan solo carga mi nombre,
y no es el mismo poema ni yo
soy el mismo que se bañó una vez con él

Acaso será el despertador
la línea divisoria de esos dos tipos que no soy,
que se sorprenden en el umbral de mi puerta,
para retomar el lugar del anterior
con un poema en la mano como relevo,
como una fotografía para reconocerse
y decirme
y convencerme que soy yo

Entonces, Heráclito,
sin modo de contrariar,
por qué a veces siento
que algunos demonios
son siempre los mismos
aunque nosotros ya no

 

 

*

Rodrigo Zúñiga (1982, Guápiles) vive en San José. Es Psicólogo y estudió Enseñanza del Inglés en la Universidad de Costa Rica. En el año 2013, su libro Souvenirs y noticias de amor fue galardonado con el primer lugar del Certamen Literario Brunca en su XXX Edición en el género de Poesía (UNA). Ha publicado dos libros: Deshojar el reloj (2013) y el otro damián (2016), ambos por EUNED.

Paula Mendez (1982)

Génesis

El animal sacó del bolsillo un animal
y éste abrió los ojos y vio el mundo, y al verlo, forjó otro animal.
Y este otro animal bostezó y del bostezo emanó otro animal.
Y el animal flotó por el aire y evolucionó en otro animal.
Y se reprodujo y se quebró como reflejos, en ondas o en vibraciones.
Y cada una era un animal nuevo, poblando el mundo,
descubriéndose a sí mismo.
No había paredes en el nombre.
Todos eran huérfano de todos.

 

Dietas

Las mujeres hacen dieta
para volar.
Les gusta sentirse que las empujan y flotan.

Las mujeres hacen dieta para ser fuertes.
Las líneas rectas llegan a algún punto,
las líneas curvas sólo se sobreponen.

Las mujeres se pintan la boca
como un sello de clausurado.
La dieta es su mejor atuendo.
Se la guindan en los huesos
cada día.

 

El bosque,
es mi depredador favorito.
Envía sus lechuzas,
como dudas en el vendaval.

Un lobo anda rondando.
Un lobo se incendia.
Su huida lleva el peso muerto de todas las hojas.

El cazador aguarda del otro lado.
Mejor dicho,
el bosque caza a un hombre
y lo pone a esperar.

Dispara a morir.
Dispara sin alma.

Por qué, cazador, por qué.
Caigo
y un sonido de árboles cae conmigo.

Al abrir los ojos,
tengo el bosque encima.
Con el barro más frío me atraviesa.
Todos los arroyos se aglomeran en mi garganta.

El escape es el orgasmo mismo;
el bosque se sacude,
el lobo se sacude,
el dardo lo desangra
la lluvia lo devuelve.

 

*

Paula Méndez (1982) es una escritora costarricense. Desde los 14 años ha participado activamente en talleres literarios y recitales de poesía a nivel nacional. Diseñadora gráfica de profesión, recientemente ha estado apoyando esfuerzos literarios en diferentes ámbitos a nivel centroamericano como el FIP que se celebra pronto este año.

 

 

 

Paola Valverde Alier (1984)

Perra de Pavlov

Mi nombre de combate
es Perra de Pavlov

Seré campeona
cuando las peleas
dejen de estar arregladas
por el destino

En mis puños cerrados vive
una piedra
abiertos
una mariposa

Vuelan de cualquier manera

Comprende
no te puedo amar

 

 

En defensa del vuelo

Esa mujer que baila
ancló sus tacones a tu espalda
Sabe que al agitar sus alas
un amor se derrumba
en otro continente

Entra a un taxi sin asientos traseros

Sus ojos son escamas

Sobre el terciopelo púrpura
del dash
un perrito mueve la cabeza
hacia un sitio desconocido

No la busques
Los poetas aprenden con el tiempo
la astronomía de su piel

Ella entrará a otra cama
brindará con sangre
el rito de los desesperados
Reirá en tu nombre cuando llegue el orgasmo
y fumará un cigarrillo
después de años de abstinencia

Así se pierde una mujer que vuela

Soltaste la mano de un ejemplar
que fue declarado extinto

 

 

Retrato de adolescencia

Queda poco vino en la despensa
mucha esperma en las candelas

Tu piel al canasto
de las rosas
y yo como perra
debajo del temporal

Mírame
date la vuelta de una vez por todas
clávame otra espina
un milagro de dinosaurios
que renace
sobre el plexo lunar de tu sonrisa

Vengo mamando las palabras
el aroma a pan
a pan con tinta y azufre
cuando estalla el sexo

Luego el firmamento
puesto a secar
como si los pétalos fueran frágiles
y yo no me perdiera
al inicio del libro

Mis pies se llenan de insectos
y sí
me declaro pecadora en ti

Aún no llego a tu fondo
falta el grillo en la espalda
el oscuro pronóstico de la madrugadas
tu voz mordida a la par de las manzanas
y esta necesidad enferma
de quererte tocar
hasta en las fotografías

 

 

Pavlov habla sobre su teoría sobre el amor

Todos estamos condicionados por una campana
un vicio/ un mal amor

Somos perros hambrientos
detrás de las sobras de otros perros

Tenemos en el hocico
la saliva necesaria
para dejarnos chantajear por las migajas
o los trucos
por los cuales nos echaremos al piso
y revelaremos la impotencia

Los reflejos le pertenecen
a la lujuria y a los celos

Un sonido nos dice que la comida
aparecerá pronto
frente a nuestras narices

Y el flujo torrencial
se desprende
con el estímulo de esa voz
en el contestador

 

*

PAOLA VALVERDE ALIER, 1984. Poeta y gestora cultural. Dictó el taller literario del centro penal C.A.I. La Reforma (2002-2006). Es Productora General del Festival Internacional de Poesía de Costa Rica. En el 2010 La Cartonera Tuanis (Costa Rica) publicó su libro de poesía La quinta esquina del cuadrilátero, reeditado por Editorial ARLEKIN (Costa Rica, 2013) y Lápices de Luna (España, 2016). En el 2014, su libro Bartender fue una de las obras finalistas del XXIV Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma en España. Este mismo libro fue publicado en el 2015 por Editorial Perro Azul y obtuvo la Mención de Honor en el Premio Nacional de Poesía Aquileo J. Echeverría de Costa Rica. Su poesía ha sido seleccionada para formar parte de diversas antologías a nivel mundial. Su obra ha sido traducida la portugués e italiano. Ha sido invitada a exponer su trabajo a Chile, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, Cuba, Puerto Rico y España. Actualmente es propietaria, junto a su esposo, el poeta hondureño Dennis Ávila, del Bar, Restaurante y Teatro Mágico: El Lobo Estepario, proyecto artístico ubicado en el corazón de San José.

Cristhofer Angulo Borbón (1990)

El risco de María.

(Léase con voz de José)

Construí este risco
con las plumas del fénix
antes que fueran ceniza,
con el golpe de una mirada honda,
mirada gata,
puta.

Tiene ranuras
con la forma de su vagina
que devanan
las manos del alpinista,
al meter un dedo, en algunas
nacen caballos y mariposas
que sacuden sus alas
al trote de las bestias,
ambos animales
acompañan al alpinista al final del risco
donde lo absorbe
el capullo de la muerte.

Los que han llegado arriba
quedan ciegos al mirar abajo
o se convierten en polvo
al verla a ella:
con su pubis cerrado al vacío,
con la piernas abiertas,
gimiendo y lubricando.

Ella no espera al arcángel Gabriel
me espera a mí
para ascender al cielo.

 

 

Las manos de mi padre

En las manos de mi padre
bien pudo cenar Jesucristo
en su última noche
o bailar las primeras strippers
del night club más antiguo del mundo.

Tienen la precisión lapidaria
para calzar las espuelas del gallo
que cada mañana
hacen caer la luna.

Sus manos nunca hicieron origami,
lo suyo es derribar una selva,
tallar alambre de púas
y ceñirlo al corazón.

 

Chica Monroe

Naciste entre la falta de tacto
y el humo de la calle.
La conciencia
se la dejaste a tu madre en el útero
para los hijos que valieran la pena.

Somos de los que preferimos escuchar en silencio,
leernos,
hasta que la casualidad nos junte
en alguna cama
en algún teatro
para partirnos a punta de sexo
o de miradas.

Soy el cursi
pero defiendo mi inocencia,
porque creo que eso viene
del cromosoma Y.

Acepto que nos desencontremos
y sigamos al paso.
Pero guardo la imagen tuya,
chiquitita,
perdiéndose entre los huecos de la calle
y con los buses subiéndote el vestido
como una chica Monroe sin glamour.

*

Cristhofer Angulo Borbón. Pérez Zeledón, 1990. Egresado de la Escuela de Artes Escénicas de la Universidad Nacional. Dedicado al teatro, sea lo que sea que eso conlleve. Ha participado en distintos talleres de dramaturgia y poesía.

Paúl Benavides (1966)

Oficio de ciegos

En el oficio de arroparnos,
nos hicimos uno con el aire.
En la aventura de vivir,
hallamos y lo perdimos casi todo.
Éramos jóvenes, apenas libres,
y vivir era estar fuera de la duda.
Se desplomaría la certeza frente al azar,
en la plaza al arbitrio de la noche,
quieta, reposada en el agua de la fuente, la luna,
dispuestos a oír la canción de la serpiente,
pactamos el amor impuro,
el único amor ingenuo entre los árboles.
Pero nunca supimos que el amor seria
aquella ciudad de cristal
frágil al oficio de quererse,
y cedimos lentamente, al vicio de olvidarnos.
Fue pesando el amor sobre los párpados,
fue creciendo la brecha entre los cuerpos.
Se olvidaron en la boca, nuestros nombres,
volaron como pájaros.
Fuimos apenas unos jóvenes,
ya no lo éramos tanto.
¿Dónde quedaron las noches, donde que gozaron
De los cuerpos, desnudos y narcisos?
Fuera de la ventana, la distancia,
y sobre la rama del árbol,
ninguna brisa mueva ya el deseo.
El olvido fue cayendo cómplice sobre la cama,
un leve río de ceniza se llevó
la risa más intensa, el fuego más humano.
¿Dónde, en que ciudad, apuras la copa, con el vino
rancio el recuerdo?
Y ahora este hoyo inobjetable,
este hueco profano de los días.
Nada más amable que la muerte.
Nada más lejano que el olvido.

 

Parade (desfile)

Ana se despereza a las 4 p.m.,
enciende un cigarro con su mano izquierda
mientras la madrugada llega como todos los días.
Lo sabe por el café que sorbe con su otra mano.
Le preocupa el lavabo que gotea,
su labio seco, la noche extraviada en las ojeras.
En el parque alguien hace maromas con seis bolas.
Del bus salen muchachos vestidos de negro
mientras el malabarista suma otra bola a su proeza.
Ana termina de secarse el cuerpo frente al espejo,
unas palomas cruzan el aire, una brisa agita el pabellón que tira lentos coletazos.
Estamos cerca de setiembre y son las 4:30 p.m. en Costa Rica.
No recuerda el momento en que perdió su cepillo de puntas metálicas.
Se estira la piel y agranda los ojos.
San José es una colección de antenas y techos oxidados.
La próxima vez me opero ─dice mientras enciende el tercer cigarro y se mira
el ojo algo amarillo.
Más palomas, el viento que huele a lluvia.
Sus senos señalan hacia adelante, hacia las copas de los árboles.
Más muchachos se bajan del bus. ¿De dónde saldrán tantos?
Achinados, morenos, mulatos, blancos.
Somos otra cosa.
Son ya otra cosa sus senos,
de un cuerpo que se defiende todavía bien
según dice el cartel en el poste.
El concierto arrancará pronto en la Plaza de la Democracia.
Más muchachos atraviesan la calle.
Una mujer con tacón alto, escote y pantalón tallado para el tráfico.
Una brisa golpea los árboles que se mueven como garras.
Ana no apura el paso, se sabe reina en esta jungla.
La noche arranca con la lluvia
y son las 8 de la noche en San José de Costa Rica.

 

No muy lejos de aquí

No muy lejos de aquí arde una ciudad del sur,
se quema en silencio monocolor
y ninguna sirena aúlla por las avenidas.
Un motociclista púber sin casco y con corbata,
tan pálido como la cara secreta de la luna
se juega la vida sobre el asfalto a la hora express,
y el agua cae en la ciudad del sur
entre el olvido y la memoria.
Un digitador ya no distingue el índice del pulgar
y una muchacha muy muchacha descubre a Dios
en una máquina tragamonedas.
Al sur del sur o al norte de ninguna parte
el mundo gira como de costumbre
y alguien tira colas de langosta
entre cisnes de oro y peces de plata
mientras el agua se hierve en ondas subacuáticas,
pero una ciudad del sur tropical se cura
las heridas con el sueño y la risa
y ninguna alerta suena por sus calles.
Solo una brisa que cae sobre un silencio de cobre
bajo techos imaginarios y sin dejar rastro.
Una ciudad más al sur del sur
y al oeste de ninguna parte
se pierde en un país sin eco,
las cabezas de dos héroes se venden
como souvenirs y flotan en un mar de corchos.
En la Avenida Central un sol que no calienta
se va sin dejar sombra,
un vendedor alado de ocarinas y videos
pasa como un dios mulato sin mitología,
pero la gente no nota nada extraño,
solo una nube que atraviesa el cielo de noviembre
limpia, blanca y libre.

 

*
Paúl Benavides (Heredia, Costa Rica, 1966) sociólogo y escritor. Ha escrito artículos para la Revista Parlamentaria de Costa Rica y para el Programa de la Sociedad de la Información y el Conocimiento (PROSIC- UCR) también para revistas especializadas en temas de cultura y política de España. Se desempeña como asesor parlamentario de la Asamblea Legislativa de Costa Rica. Ha escrito dos libros de poesía, Duelos Desiguales (Editorial de la Universidad Estatal A Distancia, 2012) y Oficio de Ciegos (Editorial Arboleda, 2014).

Klaus Steinmetz (1961)

VI

Le temo a la sal.
Más que al fuego, a la sal.
Más que a los pájaros al fuego.
Más que a una bota a los pájaros.
Más que a un pie descalzo a una bota.
A muchas botas más que a la sal.
El miedo no es mi esencia, es mi destino.
Sólo consigo avanzar unos metros al día,
antes que un largo hilo de moco
me delate.

Necesito la penumbra,
la afectuosa humedad,
el silencio,
la tibia axila de ciertos tallos.

Debí decir la noche,
pero esto confunde:
la noche nunca es negra,
la negra noche sólo existe para el condenado
o para la víctima que jadea,
agonizando.

Rodeada de sal.

Necesito la noche entonces, la afectuosa humedad,
siento la luna porque no puedo mirarla
como un apátrida,
como un esclavo que supone que en África es otra,
pero es otra aquí y en todas partes,
la luna de los liberados.

El caracol carga su casa a cuestas;
a mí me la robaron.

Al menos repugno lo suficiente
para no ser devorada por el hombre.

A las babosas nos gusta Cioran:
Un genio maléfico preside los destinos de la Historia:
es evidente que esta no tiene objetivo,
pero se halla marcada por una fatalidad que lo suple…

Me gusta explicar a mis hijos
que las estrellas son inagotables
que el universo no tiene límites
y crece sin descanso,
que hay planetas tan áridos e incandescentes
que carecen de vida:
en ellos toda baba se secaría
toda mucosa
se transformaría en escama…

Pero que el Supremo
nos ha compensado con plutones fantásticos
en los que la intensa luz apenas llega
y no estropea
la exquisita putrefacción de las cosas.

Las cosas putrefactas.

Recuerdo cuando llegaron los hombres.

Había tanto cadáver
que los gusanos no cabían de contento.

Para ellos significaba alimento,
para nosotros residencia.

Nos mirábamos embelesados ante la proliferación de ojetes,
la provisión infinita de vísceras expuestas
la fiesta de las moscas sobre la alfombra roja
de las lenguas tumefactas.

Fiesta.

No había disputa alguna:
si los gusanos anidaban en la herida del vientre
nosotras nos quedábamos en el ano;
si las hormigas tomaban los oídos,
nosotras las cuencas de los ojos.

Nada tan generoso como la lucha cuerpo a cuerpo:
¡que opípara oferta de perforaciones,
de mierdas que se derraman,
de bilis y otros ácidos!

¡Qué placer hallar un decapitado,
que espectáculo el del cercenado
y su corrupción pestífera
y sus fétidos testículos
tirados mas allá!

¡Y qué lamentable el cinismo posterior del napalm
o el de la bomba de Hiroshima,
que no distingue inocentes de culpables,
una especie de la otra
y nos arrastra a todos al destino
de los primitivos!

Solo unos metros al día y he llegado más lejos
que ellos en su B-52,
su F-16,
su Zero,
su Sputnik,
su Curtiss,
su Yakovlev,
su Stuka,
su Harrier,
su Mig,
su Apollo,
su Columbia,
su Discovery.

Pero si finalmente desaparecen
y dejan algo más que cenizas
tendremos que comernos entre nosotros.

La bacteria deberá aprender el vegetarianismo,
fumar hierba, ayunar.

¿Quién organizará la ayahuasca,
los cantos,
debe subsistir una especie que cante
y un dios que baile,
mientras el virus se conforma con los monos:
concentrarse en evitar
que alguna vez su pulgar
se independice,
que se pare en dos pies.

Algún día
Dios volverá a ser una babosa.

 

II

Fue en junio.
Llovía.
No debía llover pero llovía
y en el zoológico
las fieras se agazapaban,
lo sé.
En la médula espinal de los promiscuos
un virus convocaba una nueva cruzada,
lo sé.
En algún lugar
alguien hacía lo impredecible.
Yo en el auto me sentía protegido:
mi pequeño mazda era el único punto estático
en el universo
que a partir de allí
se expandía en todas direcciones.
Al costado de un pequeño parque
unas cuadras al norte del Paseo Colón
decidí concluir la ficción del movimiento.
Debía hacerlo.
Hay una imperceptible rajadura en el huevo
que anuncia que los engranajes
deberán girar en sentido contrario
de ahora en adelante.
Para ser en verdad lluvia,
la gota tiene que saltar al vacío.

Ahora-aquí
en medio de este silencio antropófago
recuerdo aquel momento.
No evoco causa alguna:
no la había,
no la hay nunca…
Que el efecto sea al fin
liberado de su causa.
Aunque a la causa haya que renombrarla,
buscarle un empleo alternativo.
Manejaba hacia Plaza Mayor
simplemente,
en busca de una sopa,
no iba a Damasco.
Una sopa
no el juicio final
y las almas saliendo de las tumbas
para la repartición de los cupos…
una sopa de lentejas
nada más.
¿De que me vale ser primogénito?
Hacía frío
me detuve al costado de un pequeño parque
es todo.
Sentí que había llegado el momento,
deambular bajo el aguacero,
bajo la ducha alcalina,
era el momento,
como el cachorro que sabe
que ya está bien de chupar la teta de la leona.
No que yo debiera aprender a cazar,
a hundir el hocico
en las vaporosas tripas
de otro mamífero.

No era París
pero llovía jueves.
No que yo fuera un niño
iniciando su educación sentimental.
Ni un paquidermo
rumbo al valle de los muertos.
Era primordial recorrer una acera estrecha
embutida entre casuchas de madera
en busca de una incisión
en la mediocre pureza de lo cotidiano.
Un lugar-un momento
en que todo está desnudo.
De saber sin poder explicarlo
tenía miedo.
Un agujero
una perforación
por donde se lanza el conejo blanco.
Pero no sería tan fácil.
Pasaron cuatro o cuatrocientas cuadras
mil o mil y mil metros
y yo seguía siendo el mismo,
o era la añorada sopa:
el agua goteaba de mis dedos al piso
y del pelo al piso,
de la camisa y las mejillas.
Todos corrían a guarecerse,
las manos reunidas frente al pecho.
Parecían convencidos de la virulencia del agua.
Lo letal:
nada es letal hasta que se demuestre lo contrario,
todo es letal hasta que se demuestre lo contrario.

Las opiniones del optimista y del pesimista
sobre sus posibilidades
de supervivencia.
Al final, ambos acabarán en la misma fosa.
También el político y el marinero,
Einstein y Krishnamurti.
La muerte es la única confirmación de que vivíamos.
Por eso evito la vanidad.

 

*

Klaus Steinmetz (San José, Costa Rica, 1961). Curador, galerista y escritor. Realizó estudios de administración en la Universidad de Costa Rica (UCR), y posteriormente de filosofía e historia del arte en Tubinga, Alemania. Se ha dedicado al mundo del arte, como curador, galerista, editor y crítico. Fue presidente de la fundación del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo, director de la revista Art Nexus y profesor en la Universidad Veritas. Tiene una galería de arte en Escazú. Premio Nacional Aquileo J. Echeverría de teatro 2001, por Ecos de ceniza, X Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz (México, 2008), por La yema del tiempo y IV Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón (Guatemala, 2008), por Morituri.

Mauricio Molina Delgado (1967)

La bestia

Como en una película de los años 50
aparecías entre multitudes mutiladas.
Eras el insecto gigante, la araña,
la mantis religiosa y asesina.
Como en una pesadilla de Hollywood
donde no había rollo para las rubias platinadas,
ni deseo para un beso de escenario,
vestías tu disfraz de dinosaurio
haciendo reventar olas del mar austral.
Nosotros leímos tu historia
como un romance de caballería:
la fuente de veneno, el Endriago,
ensuciando las aguas de sangre,
los espejos de vaho y de sudor,
cuando los ojos miraban desde Santiago a todas partes.

Hoy, noviembre 25 de 1998,
es el frío de Londres quien abraza tus cabellos en canas,
congela la sangre que como una lengua
calma la sed en los mares del norte.

Salud, feliz cumpleaños.

Brindaremos a tu salud con vino y odio.
Comeremos el queso de las navidades por siempre en ruinas,
General.

 

El grifo

humo que brota en la melena de los leones
sueño de mares verdes en la hecatombe de
carneros

has subido la escalera de mi cuerpo
has dado oxígeno a mi mente
visión de cuervos y de pinos

camino que riegan líquidas hierbas
visión sin visiones
animal de amor que camina
los bosques de cedro

he conseguido beber el mar de los tigres
la distancia inmensa de las distancias
el tiempo real de los relojes :
comprender al león profundo
que habita los corderos

 

*
Mauricio Molina Delgado. (San José, Costa Rica, en 1967.) Ha publicado
“Abominable libro de la nieve” (México, CONACULTA y Ed. Perro Azul 1999),
obra con la que obtuvo el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 1988 y
“Maremonstrum” (Ed. Perro Azul 2000), mención honorífica del V Concurso de
Poesía Neruda 2000, convocado por la Municipalidad de Temuco, Chile. Con el
libro Abrir las puertas del mar obtuvo el premio Editorial Costa Rica 2003.

Dos poemas de la década de los noventa

Al salir de Bogotá (David Maradiaga)*

Recordarás como un día de la más lejana niñez
el recorrido por aquellas enormes carreteras
y el minuto en que te despediste de ella
descubriendo que algo muy cerca del amor los había envuelto

De seguro había tardes anteriores
a aquella en que llegó el avión desde San José
y muchos señores vestidos de rojo
llevaban y traían equipajes
y los policías buscaban droga

Recordarás porque esos días constituyen
los sueños que en alguna vida llegarás a tener
Verás entonces sus ojos
y los bocadillos que comieron camino a Tenjo
sus relatos sobre el cariño y las carreras
en Bogotá
la noche de poesía y los enredos
antes de salir de madrugada
escuchando todavía la voz embriagada de las tres amigas
y ese bar donde leíste unos poemas
con la cara del hombre que nunca más pasará por ahí

Agradecerás muchas veces que ella te
haya regalado la luna
entre lo mucho que te dio
Su sonrisa empezada en el frío de una visita
a la casa de Bolívar
y unas ciruelas conseguidas al azar
entre el peligro de los delincuentes y la
profundidad de las conversaciones sobre la vida
que nos queda

El futuro nunca iba a ser como en las películas
no tenía el aspecto de aquel volkswagen
que daba la curva en una tarde de Kansas
Terminaba en tus ilusiones
Porque ahora sabes que no te llamas como siempre quisiste
tu nombre será aquel
con el que te despertó tu madre
cuando divisabas en el horizonte de las cobijas
a una mujer que te hacía señas desde alguna parte del mundo
Sabes que esa mujer es el sueño del futuro
una estancia de tu largo viaje
entre las estrellas

 

 

Volver a Amar (Mayra Jiménez)*

Volver a amar.
Volver a amar es caer de nuevo en el hastío
de amanecer sin él, atardecer sin él, anochecer.
Mirar las yerbas o una luz que cae sobre el mar
y no poder tocarlo.
¿Por qué pensar que ahora sea distinto
si siempre he de tener —como destino— la distancia?
Te veo entre muchachas platicando
tiendes tu mano y dices: cómo no. Sonriendo.
Pero no es ese mi lugar porque está disperso ahí
tu corazón entre palabras
o quién sabe entre qué cosas te pierdes como hombre.
Sola
me fumo un cigarrillo, me leo un poema,
repaso un periódico, segura
de que el recuerdo será mi más magnífica existencia.
Te veo venir, tomarme la cintura,
alborotarme el pelo
abrirme la camisa
(adolescente y sabio en el amor)
sin importarte de qué color mis ojos
la forma de la boca
y sin descubrir lo casi perfecto y frágil de mi sentimiento.
Sola
regreso a este cuarto y te escribo:
que no puedes admirar lo que no puedes entender.

 

*

David Maradiaga nació en Managua, Nicaragua, en 1968 y murió en San José, Costa Rica, en 1995. Vivió y estudió en Costa Rica donde obtuvo el grado de bibliotecólogo en la Universidad Nacional. Colaboró, formó parte o fundó múltiples talleres literarios, colectivos y revistas como La Torre de Babel, Hechos y Palabras, la revista Andrómeda y Octubre-Alfil 4. Fue miembro de la Asociación Ecologista Costarricense (AECO) con la cual participó, entre muchas otras, en la campaña contra la Stone Forestal y su proyecto para instalar un astillero en el Golfo Dulce, y en contra de la PlacerDome y su proyecto de minería a cielo abierto en Las Crucitas. Aparte de publicaciones en revistas o compilaciones de poesía, como Dejen brillar al sol, Maradiaga murió inédito, sin publicar un volumen de sus poemas. De manera póstuma, el Ministerio de Cultura publicó una recopilación de sus obras titulada Música de animal lluvioso y otros poemas (1998). Dejó inéditos los siguientes poemarios: Noticias del fuego, Doble Sol, Recordaré estos días, Pasos en la madrugada y varios poemas sueltos. Desapareció en forma misteriosa el 14 de julio de 1995, y fue encontrado un mes después por sus amigos en la Morgue Judicial. David fue el cuarto activista ambiental en morir ese años tras enfrentarse a los proyectos forestales y mineros de grandes compañías en Costa Rica.

 

*

Mayra Jiménez es costarricense, licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Catedrática de la Universidad Nacional de Heredia, donde actualmente dirige la revista Imágenes del área de Extensión Universitaria.Sus primeros libros de poesía publicados aparecieron en Venezuela, país donde estudió, trabajó y escribió durante los años que vivió en ese país sureño. Allí publicó libros como “Tierra adentro”, “Los trabajos del sol”, “El libro de Volumnia” y “A propósito del padre”.En Costa Rica ha publicado: “Cuando poeta” ( Edit. Universidad Nacional, 1979) y “Me queda la palabra” ( Edit. Costa Rica, 1993) con el que se le otorgó, en 1994, el Premio Nacional ” Aquileo J. Echeverría”. Ahora, junto a la Editorial Costa Rica, Mayra Jiménez regresa al mundo de las letras con su poemario: “Que buena tu memoria”, que ya se encuentra a la venta en las principales librerías del país. Su poesía ha deambulado por varias revistas y periódicos de otros países como México, Brasil, Colombia,Nicaragua, Venezuela, Cuba,España, Estados Unidos, etc y en 1982 formó parte del jurado al Premio Casa de las Américas. Por último ha publicado varios libros en Nicaragua sobre su trabajo con jóvenes en el campo poético, los cuales han sido reeditados y traducidos a otros idiomas.

Ileana Calero Morales (1963)

Growin up in Ukraine. Alina Rudya

Ciudad con fauces de fiera temerosa
deja caer lágrimas y desolación
cuervos en el concreto juntan sus alas
ventanas miran las cuitas de su asfalto
No,
no hay caminos ni estaciones
No las hay.
¿Dónde detener el frío
que cubre mis huesos?
Yo veo el cielo
no consigo volar
en busca de mis propias huellas.

 

Fascinación

I
La señora del edificio B
recoge hojarasca que el otoño dejó
ella, como los cuervos
ignora las estaciones.

II
Desde mi ventana
se escucha al viento que tira agujas
afuera un brujo en alas de azabache
se desliza y sacude hojarasca,
residuos del pasado otoño.
agita sus plumas
que contrastan en el blanco,
sus patas escriben un conjuro
aquí y allá
guerrero de augurios
testigo de la basura de este barrio
con su pico al cielo
deja su graznido en el recuerdo.

-¡Señor cuervo, dejó de nevar!

 

Todo gira en domingo

Verbo simple

Dejar al tiempo que siga
conjugar las horas
derretir a la mañana
una bocanada de libertad.

Des-ayuno

Lo primero
un café,
Después,
buscar tus brazos
servidos en un plato.

Ayuno

No habrá paso a la lluvia
borrar rastros y códigos escritos
para decirnos más allá
lo que contamos
un domingo.

 

Zona de confort

I
En la transición de un descanso,
la primavera deja al sábado
un letargo indiferente
por la hendija el frío
cuela lo inhóspito.

II
En mi cama se enreda la tibieza,
restos matutinos como escudo
antes que los goterones borren
al polen y sus estragos.

II
En este punto cardinal
no soy extranjera.

*

Ileana Calero Morales (Managua, Nicaragua,1963). Reside en Costa Rica desde su infancia. Realizó estudios en Dibujo Arquitectónico, Enseñanza de las Artes Plásticas en el área de pintura al óleo en la Universidad de Costa Rica, además es Bachiller en Publicidad de la Universidad Latina de Costa Rica.
Ha participado en diversos Talleres de Creación Literaria como el Taller Literario La Parrilla, San Antonio de Belén actualmente participa en el Taller de Poesía Anti-Taller-Anti. Trabaja para la Asociación Cultural El Guapinol como instructora y colaboradora del Programa de Sensibilización Cultural que se imparte en las escuelas primarias del cantón de San Antonio de Belén en Heredia. La mayoría de su obra poética se encuentra inédita.