Paúl Benavides (1966)

Oficio de ciegos

En el oficio de arroparnos,
nos hicimos uno con el aire.
En la aventura de vivir,
hallamos y lo perdimos casi todo.
Éramos jóvenes, apenas libres,
y vivir era estar fuera de la duda.
Se desplomaría la certeza frente al azar,
en la plaza al arbitrio de la noche,
quieta, reposada en el agua de la fuente, la luna,
dispuestos a oír la canción de la serpiente,
pactamos el amor impuro,
el único amor ingenuo entre los árboles.
Pero nunca supimos que el amor seria
aquella ciudad de cristal
frágil al oficio de quererse,
y cedimos lentamente, al vicio de olvidarnos.
Fue pesando el amor sobre los párpados,
fue creciendo la brecha entre los cuerpos.
Se olvidaron en la boca, nuestros nombres,
volaron como pájaros.
Fuimos apenas unos jóvenes,
ya no lo éramos tanto.
¿Dónde quedaron las noches, donde que gozaron
De los cuerpos, desnudos y narcisos?
Fuera de la ventana, la distancia,
y sobre la rama del árbol,
ninguna brisa mueva ya el deseo.
El olvido fue cayendo cómplice sobre la cama,
un leve río de ceniza se llevó
la risa más intensa, el fuego más humano.
¿Dónde, en que ciudad, apuras la copa, con el vino
rancio el recuerdo?
Y ahora este hoyo inobjetable,
este hueco profano de los días.
Nada más amable que la muerte.
Nada más lejano que el olvido.

 

Parade (desfile)

Ana se despereza a las 4 p.m.,
enciende un cigarro con su mano izquierda
mientras la madrugada llega como todos los días.
Lo sabe por el café que sorbe con su otra mano.
Le preocupa el lavabo que gotea,
su labio seco, la noche extraviada en las ojeras.
En el parque alguien hace maromas con seis bolas.
Del bus salen muchachos vestidos de negro
mientras el malabarista suma otra bola a su proeza.
Ana termina de secarse el cuerpo frente al espejo,
unas palomas cruzan el aire, una brisa agita el pabellón que tira lentos coletazos.
Estamos cerca de setiembre y son las 4:30 p.m. en Costa Rica.
No recuerda el momento en que perdió su cepillo de puntas metálicas.
Se estira la piel y agranda los ojos.
San José es una colección de antenas y techos oxidados.
La próxima vez me opero ─dice mientras enciende el tercer cigarro y se mira
el ojo algo amarillo.
Más palomas, el viento que huele a lluvia.
Sus senos señalan hacia adelante, hacia las copas de los árboles.
Más muchachos se bajan del bus. ¿De dónde saldrán tantos?
Achinados, morenos, mulatos, blancos.
Somos otra cosa.
Son ya otra cosa sus senos,
de un cuerpo que se defiende todavía bien
según dice el cartel en el poste.
El concierto arrancará pronto en la Plaza de la Democracia.
Más muchachos atraviesan la calle.
Una mujer con tacón alto, escote y pantalón tallado para el tráfico.
Una brisa golpea los árboles que se mueven como garras.
Ana no apura el paso, se sabe reina en esta jungla.
La noche arranca con la lluvia
y son las 8 de la noche en San José de Costa Rica.

 

No muy lejos de aquí

No muy lejos de aquí arde una ciudad del sur,
se quema en silencio monocolor
y ninguna sirena aúlla por las avenidas.
Un motociclista púber sin casco y con corbata,
tan pálido como la cara secreta de la luna
se juega la vida sobre el asfalto a la hora express,
y el agua cae en la ciudad del sur
entre el olvido y la memoria.
Un digitador ya no distingue el índice del pulgar
y una muchacha muy muchacha descubre a Dios
en una máquina tragamonedas.
Al sur del sur o al norte de ninguna parte
el mundo gira como de costumbre
y alguien tira colas de langosta
entre cisnes de oro y peces de plata
mientras el agua se hierve en ondas subacuáticas,
pero una ciudad del sur tropical se cura
las heridas con el sueño y la risa
y ninguna alerta suena por sus calles.
Solo una brisa que cae sobre un silencio de cobre
bajo techos imaginarios y sin dejar rastro.
Una ciudad más al sur del sur
y al oeste de ninguna parte
se pierde en un país sin eco,
las cabezas de dos héroes se venden
como souvenirs y flotan en un mar de corchos.
En la Avenida Central un sol que no calienta
se va sin dejar sombra,
un vendedor alado de ocarinas y videos
pasa como un dios mulato sin mitología,
pero la gente no nota nada extraño,
solo una nube que atraviesa el cielo de noviembre
limpia, blanca y libre.

 

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Paúl Benavides (Heredia, Costa Rica, 1966) sociólogo y escritor. Ha escrito artículos para la Revista Parlamentaria de Costa Rica y para el Programa de la Sociedad de la Información y el Conocimiento (PROSIC- UCR) también para revistas especializadas en temas de cultura y política de España. Se desempeña como asesor parlamentario de la Asamblea Legislativa de Costa Rica. Ha escrito dos libros de poesía, Duelos Desiguales (Editorial de la Universidad Estatal A Distancia, 2012) y Oficio de Ciegos (Editorial Arboleda, 2014).