Klaus Steinmetz (1961)

VI

Le temo a la sal.
Más que al fuego, a la sal.
Más que a los pájaros al fuego.
Más que a una bota a los pájaros.
Más que a un pie descalzo a una bota.
A muchas botas más que a la sal.
El miedo no es mi esencia, es mi destino.
Sólo consigo avanzar unos metros al día,
antes que un largo hilo de moco
me delate.

Necesito la penumbra,
la afectuosa humedad,
el silencio,
la tibia axila de ciertos tallos.

Debí decir la noche,
pero esto confunde:
la noche nunca es negra,
la negra noche sólo existe para el condenado
o para la víctima que jadea,
agonizando.

Rodeada de sal.

Necesito la noche entonces, la afectuosa humedad,
siento la luna porque no puedo mirarla
como un apátrida,
como un esclavo que supone que en África es otra,
pero es otra aquí y en todas partes,
la luna de los liberados.

El caracol carga su casa a cuestas;
a mí me la robaron.

Al menos repugno lo suficiente
para no ser devorada por el hombre.

A las babosas nos gusta Cioran:
Un genio maléfico preside los destinos de la Historia:
es evidente que esta no tiene objetivo,
pero se halla marcada por una fatalidad que lo suple…

Me gusta explicar a mis hijos
que las estrellas son inagotables
que el universo no tiene límites
y crece sin descanso,
que hay planetas tan áridos e incandescentes
que carecen de vida:
en ellos toda baba se secaría
toda mucosa
se transformaría en escama…

Pero que el Supremo
nos ha compensado con plutones fantásticos
en los que la intensa luz apenas llega
y no estropea
la exquisita putrefacción de las cosas.

Las cosas putrefactas.

Recuerdo cuando llegaron los hombres.

Había tanto cadáver
que los gusanos no cabían de contento.

Para ellos significaba alimento,
para nosotros residencia.

Nos mirábamos embelesados ante la proliferación de ojetes,
la provisión infinita de vísceras expuestas
la fiesta de las moscas sobre la alfombra roja
de las lenguas tumefactas.

Fiesta.

No había disputa alguna:
si los gusanos anidaban en la herida del vientre
nosotras nos quedábamos en el ano;
si las hormigas tomaban los oídos,
nosotras las cuencas de los ojos.

Nada tan generoso como la lucha cuerpo a cuerpo:
¡que opípara oferta de perforaciones,
de mierdas que se derraman,
de bilis y otros ácidos!

¡Qué placer hallar un decapitado,
que espectáculo el del cercenado
y su corrupción pestífera
y sus fétidos testículos
tirados mas allá!

¡Y qué lamentable el cinismo posterior del napalm
o el de la bomba de Hiroshima,
que no distingue inocentes de culpables,
una especie de la otra
y nos arrastra a todos al destino
de los primitivos!

Solo unos metros al día y he llegado más lejos
que ellos en su B-52,
su F-16,
su Zero,
su Sputnik,
su Curtiss,
su Yakovlev,
su Stuka,
su Harrier,
su Mig,
su Apollo,
su Columbia,
su Discovery.

Pero si finalmente desaparecen
y dejan algo más que cenizas
tendremos que comernos entre nosotros.

La bacteria deberá aprender el vegetarianismo,
fumar hierba, ayunar.

¿Quién organizará la ayahuasca,
los cantos,
debe subsistir una especie que cante
y un dios que baile,
mientras el virus se conforma con los monos:
concentrarse en evitar
que alguna vez su pulgar
se independice,
que se pare en dos pies.

Algún día
Dios volverá a ser una babosa.

 

II

Fue en junio.
Llovía.
No debía llover pero llovía
y en el zoológico
las fieras se agazapaban,
lo sé.
En la médula espinal de los promiscuos
un virus convocaba una nueva cruzada,
lo sé.
En algún lugar
alguien hacía lo impredecible.
Yo en el auto me sentía protegido:
mi pequeño mazda era el único punto estático
en el universo
que a partir de allí
se expandía en todas direcciones.
Al costado de un pequeño parque
unas cuadras al norte del Paseo Colón
decidí concluir la ficción del movimiento.
Debía hacerlo.
Hay una imperceptible rajadura en el huevo
que anuncia que los engranajes
deberán girar en sentido contrario
de ahora en adelante.
Para ser en verdad lluvia,
la gota tiene que saltar al vacío.

Ahora-aquí
en medio de este silencio antropófago
recuerdo aquel momento.
No evoco causa alguna:
no la había,
no la hay nunca…
Que el efecto sea al fin
liberado de su causa.
Aunque a la causa haya que renombrarla,
buscarle un empleo alternativo.
Manejaba hacia Plaza Mayor
simplemente,
en busca de una sopa,
no iba a Damasco.
Una sopa
no el juicio final
y las almas saliendo de las tumbas
para la repartición de los cupos…
una sopa de lentejas
nada más.
¿De que me vale ser primogénito?
Hacía frío
me detuve al costado de un pequeño parque
es todo.
Sentí que había llegado el momento,
deambular bajo el aguacero,
bajo la ducha alcalina,
era el momento,
como el cachorro que sabe
que ya está bien de chupar la teta de la leona.
No que yo debiera aprender a cazar,
a hundir el hocico
en las vaporosas tripas
de otro mamífero.

No era París
pero llovía jueves.
No que yo fuera un niño
iniciando su educación sentimental.
Ni un paquidermo
rumbo al valle de los muertos.
Era primordial recorrer una acera estrecha
embutida entre casuchas de madera
en busca de una incisión
en la mediocre pureza de lo cotidiano.
Un lugar-un momento
en que todo está desnudo.
De saber sin poder explicarlo
tenía miedo.
Un agujero
una perforación
por donde se lanza el conejo blanco.
Pero no sería tan fácil.
Pasaron cuatro o cuatrocientas cuadras
mil o mil y mil metros
y yo seguía siendo el mismo,
o era la añorada sopa:
el agua goteaba de mis dedos al piso
y del pelo al piso,
de la camisa y las mejillas.
Todos corrían a guarecerse,
las manos reunidas frente al pecho.
Parecían convencidos de la virulencia del agua.
Lo letal:
nada es letal hasta que se demuestre lo contrario,
todo es letal hasta que se demuestre lo contrario.

Las opiniones del optimista y del pesimista
sobre sus posibilidades
de supervivencia.
Al final, ambos acabarán en la misma fosa.
También el político y el marinero,
Einstein y Krishnamurti.
La muerte es la única confirmación de que vivíamos.
Por eso evito la vanidad.

 

*

Klaus Steinmetz (San José, Costa Rica, 1961). Curador, galerista y escritor. Realizó estudios de administración en la Universidad de Costa Rica (UCR), y posteriormente de filosofía e historia del arte en Tubinga, Alemania. Se ha dedicado al mundo del arte, como curador, galerista, editor y crítico. Fue presidente de la fundación del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo, director de la revista Art Nexus y profesor en la Universidad Veritas. Tiene una galería de arte en Escazú. Premio Nacional Aquileo J. Echeverría de teatro 2001, por Ecos de ceniza, X Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz (México, 2008), por La yema del tiempo y IV Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón (Guatemala, 2008), por Morituri.

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